La Noche Más Dura de Mi vida

Crianza con apego, maternidad, ingreso en neonatos

Escribí este texto cuando BebéPunk fue ingresado por segunda vez en menos de un mes en el hospital. Es un texto duro y muy personal. Sincero hasta la médula y largo, muy largo. Un texto que escribí la madrugada en que desperté al encuentro de mi propia sombra. Hoy lo publico para celebrar que Gael cumple tres meses sano, divertido, grande, creciendo, transformándose, transformándome. 

La Noche Más Dura de Mi Vida

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda, Poema XX

Sé que Pablo no dirigió estos versos a su hijo recién nacido, pero cuando llegué a casa la noche del 2 de octubre y pensaba en Gael, volvían una y otra vez a mi mente. La noche no estaba estrellada, pues la luna era crecía para llegar a su plenitud. Pero daba igual, porque mi corazón le buscaba y él no estaba conmigo.

La noche del dos de octubre de dos mil diecisiete ha sido la noche más dura de mi vida. Es más, me he sorprendido estos días intentando recordar otras noches difíciles y sorprendentemente solo recuerdo un par de ellas, con suerte.

Quizá Pablo se equivocaba y el olvido no sea tan largo. Más bien el olvido debe tener matices. Olvidamos pronto lo malo y lentamente lo bueno.

Qué importa todo esto ahora: la noche no está estrellada y Gael no está conmigo. Está lejos aunque cerca. Está en una cunita en una unidad de neonatología.

 

La Misma Noche Que Hace Blanquear los Mismos Árboles

 

El martes dos de octubre, Gael tuvo fiebre en casa, 38,2. Al principio, pensé que le teníamos demasiado abrigado. Era un día caluroso y llevábamos un buen rato juntitos, en la teta. Pero al desnudarle, en unos 15-30 minutos, la fiebre apenas bajó a 38,7.

Cuando llegamos al CAP con un niño sin fiebre y asintomático, pensé que iba a ser la típica tarde de padres primerizos molestando sin necesidad. Pero cuando, después de casi 3 horas, Gael decidió hacer pis en una bolsa y su tira reactiva salió positiva, supe que aquello solo acababa de empezar.

De nuevo al hospital. El alma pesa por el camino. No sé si son cosas de madre, pero creo que Gael también sabe dónde vamos. Cuando entramos, creo que él mismo reconoce y recuerda ese olor, ese ambiente lleno de vida, pero también de muerte.

No pasan ni cinco minutos y nos llaman, y entramos en un box. Un box gigantesco con una camilla gigantesca en la que Gael se hace tan pequeño…

Y ahí empieza la ronda de pruebas: analítica (odio que te pinchen en tus pequeñas manitas, lo odio, lo ODIO), sondaje para extraer pis, vía… Y ahí empieza la ronda de malas noticias, y malos resultados, hasta que llegamos a la punción lumbar y a ingresarte para que puedan darte antibióticos.

 

Oír la Noche Inmensa, Más Inmensa Sin Ella

 

El día dos de octubre de dos mil diecisiete a las 4 de la mañana sentí de manera tan física este verso que todavía se me corta la respiración al recordarlo.

Creo que lo más duro que he hecho en mi vida es volver a casa esa noche sin ti, Gael. “Porque yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa”. Lorca también sirve para explicar lo que se siente al volver a una casa que ya no era solo una casa, era más, era un nido.

Una casa que ya no era solo esa casa donde estaba embarazada, donde papá me mimaba, sino cuatro paredes donde tu presencia había sido mi todo durante dos semanas. Un lugar en el que estábamos construyéndonos juntos. En el que aprendías a hacer algo nuevo cada día y me enseñabas a cada segundo una nueva lección sobre ser madre.

Tumbarme en la cama esa noche fue la caída más peligrosa de mi vida. Más que caerse escalando, más que caerse de una cama elástica y romperse una pierna, más que caerse en una prueba de velocidad en el instituto y hacer el ridículo delante de toda tu clase.

Caer en la cama aquella noche desató en mí un llanto que nunca había tenido antes. Nunca, nunca he llorado como esa noche. Y estos días sigo llorando, y mucho. Pero no como esa noche.

Un llanto largo e incontrolable. Un llanto que salía de lo más profundo de mi ser pero al mismo tiempo me envolvía desde fuera, como un abrazo atemporal de todos los llantos de todas las mujeres que han llorado por sus hijos de esa forma tan brutal y animal.

Un llanto biológico. Un llanto trascendental. Un llanto inconsolable.

Pero infinita y profundamente reparador.

La noche puede parecer eterna cuando estás conmigo, Gael, pero es inmensa cuando estoy sin ti.

 

Nosotros los de Entonces, Ya no Somos los Mismos

 

No, ya no somos los mismos. Ahora soy tu madre, Gael. Y ha tenido que venir la noche del dos de octubre de dos mil diecisiete, larga y cruel, para darme cuenta de la forma más desgarrada posible de esto.

Después de todo esto, seguramente también seremos otros. Esto me da miedo, me aterra. Cada vez que pienso en cómo estarás viviendo y sintiendo tú todo esto, esta separación, estas noches lejos, este no darnos calor, se me parte el alma. ¿Podré hacer que ese otro tú lo olvide todo? ¿Cuándo llegaremos ahí?

Es imposible contentar mi alma pensando que sí, que tienes los mejores cuidados, que todo lo hemos pillado a tiempo, que cuando volvemos nos sigues regalando tu sonrisa de engancharte a la teta…

Mi alma no se puede contentar con todo eso, porque la razón no puede ganar en esta conversación mental. Hay profundos y telúricos sentimientos, que apenas alcanzo a comprender, involucrados en esto. Soy una animal estos días, una animal lejos de su cría.

Por primera vez estoy segura de que lo que afirma Neruda es cierto. No volverá a tener dolor por ese amor perdido. Adoro a tu padre y venero nuestra unión, pero hoy puedo afirmar que si le perdiera, no sería lo mismo que perderte a ti. Es muy duro también darse cuenta de esto y aceptarlo.

Había escrito a continuación “Por desgracia en mi caso no puedo decir como Neruda y sé que todo esto seguirá causándome dolor.” Pero no. No es una desgracia saber que me quedan aún muchos días de dolor, no es una desgracia tener aún la incertidumbre de no saber bien qué te pasa, hasta donde ha llegado la infección, qué consecuencias va a tener.

Es una suerte. Me siento bendita desde que llegaste, Gael. Me he sentido una diosa contigo en mi vientre. Porque hacer que crezcas ha despertado un poder que nunca había tenido: el poder de amarme tal y como soy a todos los niveles, sin condiciones ni reproches.

Porque nunca más volveremos a ser los mismos y habrá muchas noches como esta en la que te tenga de nuevo entre mis brazos. Mi voz buscará el viento y con ella besaré tu oído, tu pelo, tus ojos, tus manos, tus pies, tu ombligo.

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